American Visa

Son dos las maneras de acercarse a este segundo largo dirigido en Bolivia por Juan Carlos Valdivia - según creo tiene hechas algunas otras cosas en México-: en seco, o previa inmersión en la novela homónima de Juan de Recacoechea. Solo la primera resulta empero de verdad aconsejable. Y no es por someterse al viejo, y tonto, prejuicio de la supuesta imposibilidad de establecer comparaciones entre letra e imagen. Porque son dos lenguajes disímiles -es obvio-, dimensión que los haría intraducibles entre sí -lo cual es solo cierto a medias puesto que más allá de lo literal -eso sí intransferible-, están la atmósfera, el sentido y la connotación -perfectamente desplazables de un medio a otro-. Diez años después de Jonás y la ballena rosada, 1995, Valdivia reitera virtudes, exhibe progresos notorios y deja pendientes algunas asignaturas. Vamos por partes. Volvemos a encontrar un trabajo de gran pulcritud para la puesta en imagen, con el mismo cuidado detallista en el tratamiento plástico de la parte visual, y con un sentido para colocar la cámara en el "único" lugar posible -sabiendo que hay muchos otros, pero tal es la virtud de los cineastas de raza: hacer que el sitio desde donde miran dé la impresión de no tener alternativa-. Solo que esa capacidad para construir la imagen viene ahora enriquecida por un pulso mucho más suelto en el manejo del ritmo narrativo y de los elementos de montaje, movilidad de la cámara y juego con el contrapunteo entre lo visto y lo escuchado. En este sentido American Visa es una película fresca, enteramente contemporánea, capaz de compartir con el espectador el placer experimentado por el director en el proceso de su gestación. Pero, alguno siempre hay, se extraña calidez en un asunto donde lo humano ocupa el centro de atención. Es como si todavía faltara encontrar el punto de empalme preciso entre la excelencia técnico-narrativa y la vibración dramática, algo fría esta última. Solo así las invectivas gritadas en un par de ocasiones por el protagonista contra el cine made in Hollywood dejarían de parecer exabruptos retóricos. El film de Valdivia tiene la preocupación por el pasar cotidiano de gente común, hace rato ausente en el main stream del cine del norte, tanto como el ya apuntado atrevimiento para experimentar con los recursos narrativos. Asume empero muchas de las fórmulas y procedimientos del repertorio usual de la industria, incluido el manejo del desenlace. Mirando la película ya en relación con el trabajo de Recacoechea, la áspera sordidez de la novela ha sido pasada por un proceso de pasteurización, abarcando la caracterización sicológica de las criaturas y la descripción de ambientes. El alojamiento donde se incuba el drama a partir del cruce de caminos entre ambos personajes centrales, es en la película un simpático hotelito, mientras en la novela es un oscuro conventillo venido a menos, albergue exacto de la bajeza humana y del desamparo existencial. De igual manera, el Mario Alvarez original es un maestro orureño, extraviado en el laberinto de aquella otra La Paz, donde macera los sueños de marcharse a otro lado. El del texto es un sujeto hosco, introvertido, dolido con el entorno. Todo lo contrario del personaje compuesto por Damián Bichir - excelente actor-, que habla su resentimiento pero jamás entrega, desde el alma, ese lento y persistente desmoronamiento de certidumbres e ilusiones que va minando la personalidad del maestro y su resguardo ético. Blanca -muy buena también Kate del Castillo-, está más ajustada a su papel de mujer empujada a la prostitución, cuando probablemente llegó buscando otro tipo de oportunidad en la "gran capital". Esta última fue ya en muchas ocasiones escenario para el cine nuestro, pero salvo en Chuquiago (Antonio Eguino, 1977) nunca había tenido similar "protagonismo". Claro está, muchas de las pinceladas sobre lo paceño, pertenecen en American Visa al orden de lo decorativo: los bailarines en las calles, el penumbroso enjambre de la Pérez, los contrastes entre las varias ciudades entremezcladas, los boliches del moderno mercado de esclavas. Se escapan en cambio los rasgos más hondos del ser colectivo. Para dar cuenta de este no bastan algunos giros en el decir, ni algunos encuadres sobre los paisajes urbanos. Como tampoco alcanzan ciertos facilismos para denunciar de verdad el descreimiento en los políticos tradicionales, su corrupción o las torpezas "diplomáticas" de la embajada virreinal. Lo mejor en materia de aprovechamiento del entorno ocurre con las tomas de La Paz nocturna filmadas desde el aire, usadas a modo de inquietante estribillo. Presentada de ese modo, la ciudad se muestra como un enigmático laberinto, que es el espacio donde Mario se precipita, una vez que la cámara desciende a nivel del suelo, o del subsuelo, al encuentro consigo mismo en los recovecos, urbanos y sicológicos, donde se descubre capaz de cualquier bajeza a fin de hacerse de los dólares requeridos para comprar la anhelada visa. Así La Paz desde arriba, esa suerte de cielo dado vuelta -el infierno, tal vez?-, viene a resultar siendo por ello mismo el otro yo colectivo de Mario y Rosa. American Visa cuenta con todos los ingredientes de fotografía, música, actuación y ritmo, para agradar, aquí y afuera, dejando abierta la vieja discusión sobre lo particular versus lo universal, y las siempre resbalosas zonas de intersección entre ambas formas de comunicar con el mundo.

Criticos:

Pedro Susz