American Visa y la importancia de no perder el enfoque

Más allá de los juicios que puedan lanzarse sobre la calidad literaria de la obra, lo cierto es que la novela de Juan de Recacoechea tiene, tal como lo ha dicho el mismo Valdivia, los elementos necesarios para hacer de ella una cinta -si no prodigiosa- amena y entretenida. Ajustado al género policial, el relato del escritor paceño rebosa de prostitutas, travestís, alcohólicos, criminales de poca monta y políticos corruptos, todos habitantes de una La Paz descrita entrañablemente hasta en sus más sórdidos vericuetos. Quizá, en razón de ello, el también director de Jonás y la Ballena Rosada se ha empeñado en ofrecer al público una película audiovisualmente efectiva, favorecida por la audacia muy prolija de la fotografía (que, a momentos, nos muestra una sede de Gobierno casi irreconocible por su majestuosidad geográfica), la agilidad del montaje y la dinámica que el jazz fusión y el pop actual aportan en la música. De las actuaciones tampoco podemos quejarnos, pese a que los roles protagónicos los han tenido los dos mexicanos, que, al margen de sus limitaciones para acomodarse a los acentos y modismo locales, no deslucen la historia. Lo que sí me atrevo a criticar es lo diezmada que ha quedado la trama de relaciones entre los personajes, evidente más aún al momento de establecer la comparación con la novela. Algo similar pasa con las reflexiones y disquisiciones del protagonista, reducidas, si mal no recuerdo, a una perorata muy cliché sobre la deprimente realidad boliviana y a algunas puteadas con y contra los gringos. Y es que, seguramente en el afán de conservar la mayor parte de los episodios narrados por de de Recacoechea, el director afincado en México ha resignado buena parte del espíritu crítico de la obra original. Esto bien puede ser atribuible a la necesidad de Valdivia de no descuidar la historia de amor que se cierne entre los protagonistas, y que, a la larga, cobra mayor importancia que el resto de los componentes de la historia. Y no está mal, pues lo mismo sucede con la novela. Sin embargo, parecería que las consabidas limitaciones temporales del filme no han sabido sobrellevarse de la mejor manera, dejando la impresión de que ninguno de los niveles de la historia queda del todo zanjado. Son éstos, de seguro, lastres inherentes a cualquier adaptación cinematográfica de una obra escrita. Y son, en buena parte, de responsabilidad del guionista, -en este caso el propio Valdivia- que debiera tener, por un lado, la claridad necesaria para conservar los componentes que hacen al espíritu de la obra y, por otro, la sangre fría para desechar aquellos que son prescindibles para la adaptación fílmica. En este sentido, la cinta pudo haber ganado efectividad dramática si Valdivia se habría decantado desde el principio, y no a medias, por concentrar sus esfuerzos en narrar la historia de amor o bien en ensayar un descarnado examen de la realidad boliviana. Con ello no quiero decir que debió de haber renunciado a dejar de lado alguna de estas alternativas narrativas, sino que habría sido deseable que se abocara sobre todo a una, precisamente para dar muestra de su mayor importancia frente a la otra. Una cuestión de enfoque, en definitiva.

Criticos:

Santiago Espinoza Antezana